A partir del siglo XVII, lo inconsciente era hipótesis auxiliar en conocimientos, tanto filosóficos como científicos, que analizaban el funcionamiento de la mente. Pero, ante la idea límite de que lo mental se diluye en el registro fisiológico, Freud propuso un inconsciente entendido como cualidad de contenidos y representaciones estrictamente mentales. Él no habla de registros fisiológicos, sino de representaciones relacionadas con afectos, con emociones. Este cambio conceptual rompe con la identificación mente = conciencia, amplía el campo de los fenómenos psíquicos, reformula el objeto de la psicología y la manera de abordar las producciones psíquicas sanas o patológicas. (Giménez y Anguera, 1995, p. 5-9)
El modelo psicológico que inició Freud se centra al principio en los procesos mentales anormales y, luego encuentra en los humanos, el objeto de estudio psicoanalítico que es el inconsciente y su funcionamiento (Sáiz et al., 2009, p. 274).
Freud presenta la revolución psicoanalítica al afirmar que más allá de la conciencia hay más escenarios de la memoria, por lo que, al cambiar la forma de entender el inconsciente y explicar su funcionamiento, Freud nos ayuda a aclarar que no existe tal separación entre mente y materia como lo afirmaba Descartes. Los estudios actuales del cerebro confirman la idea freudiana: “Hoy parece indiscutible que los significados emocionales de los estímulos se pueden procesar inconscientemente. Es en el inconsciente emocional donde tiene lugar gran parte de la actividad emocional del cerebro”. (LeDoux, 1999)

No hay comentarios:
Publicar un comentario